EL POLÍTICO EMPRENDEDOR. ESTADO SOCIAL O BARBARIE.

Magritte

Emprendedor, ahora palabra manida, camino de odiosa. Utilizada con entendimiento de sociedad capitalista, neoliberal. Acompañada con otras expresiones también manoseadas y gastadas: competencia, competidor; palabras estas últimas significantes de lucha entre entre semejantes. Emprendedor que en competencia se abre paso en un mundo de desigualdad entrópica; donde es fundamento el desequilibrio social, el cual hace posible el imperio del poder. Poder directamente animal, cimiento primitivo de la depredación, que exprimen los grandes saqueadores asociales para conformar a su interés, en lucha mutua, a los depredados: hoy, ansiosos emprendedores en competencia.

El Diccionario de la Lengua define como “Emprendedor” (aquél) “Que emprende con resolución acciones dificultosas o azarosas.”

Y en la siguiente edición lo enmienda a: “Que emprende con resolución acciones o empresas innovadoras.”

La enmienda de la Academia, al término precedentemente determinado, va camino de significar  lo que hoy entendemos, en la calle y con la crisis, por emprendedor. No ha caído todavía, la Academia, en la enunciación “obscena” en que ha devenido.

Quiero quedarme con la suma de las dos definiciones, la anterior y la enmendada, en cuanto a los calificativos del contenido principal del término. La conjunción de las tres calificaciones de las acciones o empresas emprendidas: dificultosas, azarosas e innovadoras. La enmienda, con el término único de innovadora, no debería haber eclipsado los dos calificativos anteriores.

Emprendedores llaman, a aquellos ciudadanos –ciudadanos políticos todos, por sociales-, con expresión que miente un cebo, carnaza descompuesta, para que piquen los metamorfoseados ciudadanos trabajadores en caimanes competitivos. Lanzados al chasque de mandíbulas que intentan apresar el señuelo, detrás del cual está el garfio de la siempre vieja explotación. El que lo atrapa, atrapado, pasa a ser un infeliz feliz; y el que nunca lo alcanza, prisionero primario, es un fracasado que pudiera devenir desarraigado.

Rescatemos la palabra –atribuible, en sentido prístino, a cualquier bien intencionado que quiere emprender una acción con entusiasmo- y apliquémosla ahora a ese ciudadano específico que la tiene en su boca de una manera cansina y degenerada; repetida por su voz con el soniquete zafio de la obscenidad procaz. Le pedimos, a él, se la aplique con aquella intención que queremos la entienda, la buena: la definición digna, por primigenia, que ya existía, más la enmendada; que hubiéramos querido fuera síntesis con la anterior y desafortunadamente, el diccionario, como resultado, no ha terminado por acertar. Y ¿quién es ese él?, ¿ese ciudadano específico?: Es el llamado político, ese político consustancial por ciudadano y que tiene el añadido de ser electo, o querer serlo, y trabajar desde este agravamiento a su persona.

Si alguien debe aplicarse con fruición el ser emprendedor, en el sentido prístino de la palabra, es este político. Necesitamos actúe, emprendiendo acciones políticas ante situaciones que se presentan dificultosas, azarosas y, sobre todo, proceda de manera innovadora.

¿Qué es actuar de manera innovadora en la acción política? La innovación política es romper con la inercia del poder; poder desvirtuado que nos impone el poderoso a través de esbirros a su cargo; y estos no son otros más que los políticos que no actúan emprendiendo.

Esta innovación es una retroalimentación permanente que en la vida social, política por tanto, se necesita en espiral interminable; al ser el ansia animal de la imposición egoísta sobre el semejante, una esencialidad primitiva del humano aún no eliminada por la evolución social.

Con esta interpretación del emprendedor político, el político redime acciones políticas pasadas y se centra en la esencia política, el humano organizado en sociedad; su razón de ser.

La política no es otra cosa que eso, una lucha interminable contra el poder, buscando incansable la equidad, la fraternidad social; es ahí donde se genera la libertad. El hombre social organizado en Estado. El estado providencia, el papá estado, tan peyorativamente tratado, es la esencialidad de lo social humano. ¿Para qué otra cosa quiere el hombre ser social, sino  para arroparse, universalmente, unos a otros?

El ser social no es emprendimiento para la competencia; es emprendimiento para la cooperación y ayuda entre sus miembros. Es la búsqueda del buen vivir de todos bien organizados; eso es el Estado; y ese Estado debe proveer, ser providente. Providencia social, siempre. Lo demás es barbarie.

Este debe ser el emprendimiento constante del político, cosa que sabemos pero necesario refrescar desde que hombre es historia; agua que reaviva lo grabado en su plástico cerebro evolutivo, primera luz humana: Estado social o barbarie, parangonando.

Anuncios

Acerca de jachamorro

Arquitecto por la ETSAM. Doctor en Bellas Artes por la UCM. Profesor Titular de Universidad en la Facultad de Bellas Artes de Madrid en la UCM.
Esta entrada fue publicada en Política y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s