RELIQUIAS. Incorrupción y polietileno. (El pie incorrupto de Santa Teresa en Ávila)

Decía Primo Levi que si Dios hubiera querido hacer de la materia viva, una vez muerta, cosa imputrescible, la habría hecho de polietileno. O lo que es lo mismo, nos habría materializado en polímero de etileno. Transparentes, tersos, brillantes plásticos de colores vivaces o electriscentes reflejos. Para el género humano ¿qué ventaja supondría? Pues, una vez bien muertos, no seríamos momias; seríamos muertos con la misma apariencia que vivos y objetos a usar, incluso decorativamente, al gusto de cada cual. Incomparable esta situación frente al color mojama de la reliquia incorrupta o la viveza artificial, algo macabra, de los embalsamados cuerpos de nuestras ilustres momias; sean faraónicas, vaticanas o soviéticas.

Dios no nos hizo imputrescibles para poder resaltar la santidad a él debida; hizo incorruptos a solo aquellos que se lo merecían. Bien es cierto que la imputrescibilidad corporal, o la incorruptibilidad humana, no termina por ser hermosa; tiene un punto de apolillamiento, enjutez, mojama, que denota lo que se ha venido en llamar tonos mortuorios y que le quitan encanto a este fenómeno de lo incorrupto.

El humano está obsesionado con guardar su cuerpo muerto por ver si, una vez extinto, lo puede seguir utilizando él mismo en la otra vida. No se sabe cómo ni dónde lo recuperará; aunque es cosa de la religión y sus gestores el decirte cuándo y dónde tendrá lugar esa recuperación corporal que llaman resurrección de los muertos. Se supone que dios lo anunciará a trompetazos.

Los cuerpos se guardan, se entierran, lo más enteros posibles; aunque también es cierto que hay gentes que los queman, contradiciendo estos afanes humanos que aquí se están exponiendo. Ansias de volatilización aérea para unirse con el Todo sutil del Universo.

Es el caso que los santos, cuando incorruptos quedan, son más aprovechables -para la difusión de sus bondades entre los vivos- haciendo de su cuerpo, sus congéneres, residuos: Reliquias.

Probablemente un cuerpo de polietileno, una vez sin vida, pasaría a tener el aspecto inquietante de un maniquí; y sus restos, sus reliquias, serían más objeto artístico que las reliquias o restos de un cuerpo incorrupto carmesí o viola.

Mas una cosa es clara, a Dios no le gusta lo imputrescible y putrefactos nos hizo, e imputrescibles solo a aquellos que lo merecen: los santos. Eso sí, la estética de la imputrescibilidad que dios nos deja será de su gusto; pero para el humano limpio y social esta imputrescibilidad tiene mucho aspecto, todavía, de pútrido. Ahí Dios se ha equivocado para dar con el gusto del humano. Hubiera acertado plenamente si de polietileno nos hubiera amasado.

A nuestra ciudad de Ávila ha llegado el otro día, desde Roma, el pie izquierdo de la santa más venerada: Teresa; la Santa por excelencia. Va a estar solo hasta el treinta y uno de agosto y se nos irá de nuevo. Ya estuvo el cuerpo de la Santa en el monasterio de San José (momia manca, que la mano previamente le arrancaron -sin meñique-; meñique que tronchó Gracián, le arrebató el turco y recuperó en rescate); mas el de Alba –el ancestro de la actual duquesa con labios de polietileno- lo reclamó, vía autoridad papal, para Alba de Tormes y la ciudad de Ávila se quedó sin tan preciada reliquia. Umberto Eco nos dice que Baudolino ya sabía que una reliquia podía cambiar el destino de una ciudad; que a una ciudad la podía sacar de pobre; y pobre nos dejó el duque sin reliquia.

Francisco de Mora -el arquitecto del convento de San José, camino del mismo desde Salamanca para una visita de obra, pasando previamente por Alba- aprovechó, a escondidas de las monjas, para pellizcar con sus uñas el brazo amojamado que allí estaba y llevarse una pizca de “medio garbanzo” que le dejó impregnados los dedos con esencias aceitosas de tan venerado residuo para su espiritual confortación. Le dieron las monjas, sabiendo que iba de vuelta a El Escorial, una reliquia -pedazo de la túnica sudario con que enterraron a la Santa- para ese rey, coleccionista de ellas, alquimista de residuos santos, ápice del poder: Felipe II.

Recuerdo de niño en Madrid el recorrido triunfante en las alturas de unas andas, -desde la perspectiva mirada de mi estatura chica- del recorte contra el cielo de una “V” roja cinabrio, dentro de un cristal fanal rematado con dos tapas de oro. Aquello, me dijeron ante mi asombro, era un brazo de la Santa; camino de ostentarse en una iglesia carmelitana que había cerca de la avenida de Pio XII y por la cual trascurría la procesión. Era esfuerzo para mí configurar, que aquella “V” amojamada, era un brazo; y lo asimilé cuando, más cerca, lo vi en el altar de la iglesia expuesto. Decía la gente, a su paso, era el brazo que el funesto Franco tenía en su poder para “poder poder” con su potencia de reliquia santa. Creo que no era éste, si no una mano la de su posesión, pero el morbo era servido. Aprendiz de brujo, émulo deseo, de aquél sumo nigromante de sombrero troncocónico, mandíbula prognata y barba, que de niño me miraba desde el libro de texto donde el impero español refulgía.

No alucino; ayer vi la “V” carmesí en su fanal; y hoy, en los periódicos, veo el pie renegrido en su vitrina. ¡Dios! prefiero el polietileno de colores vivos del maniquí con “tergal” vestido; moderna imputrescibilidad, ecología sintética, que me transporta fuera de las Catedrales al Gran Colisionador de Hadrones cual bosón de Higgs, haciéndome escapar al Universo cuántico; fuera del pudridero de esta ya anacrónica, insensata, veneración de residuos.

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Acerca de jachamorro

Arquitecto por la ETSAM. Doctor en Bellas Artes por la UCM. Profesor Titular de Universidad en la Facultad de Bellas Artes de Madrid en la UCM.
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