LA MIERDA DEL CAPITALISMO. Un cuento sobre el neoliberalismo con guión de chiste clásico.

Los chistes, minicuentos populares que son, están llenos de contenidos sabios. Lo que me sucedió, mi relato, está basado en un chiste real. Escatológico, de imágenes ancestrales egipcíacas, uliseas, avernas, dantescas, boscas, goyescas, flaubertianas, picassianas, baconianas, barcelónicas; no cinematográficas.

Llegados al infierno -condenados a él todos nosotros, una vez pasado el tránsito de la agonía- te recibe el diablo, con su can Cerbero bien sujeto por correa, sin bozales sus tres cabezas, Ejecutiva, Legislativa, Judicial. Se presenta generoso -quizás más que dios- dándote a elegir entre las diversas torturas habidas en su bien organizado Hades.

Nacemos en sociedad pobres diablos, o de inocentes recién creados individuos, nos reducen grandes satanes humanos -de estos pocos, por detentadores del poder- a tener la condición citada. Montada la historia de cómo hemos de vivir al dictado del ser supremo creador (creado a imagen y semejanza del humano satán depredador); nuestro curso por la vida debiera parecer un chiste. Humor negro mantenido y puesto al día por guionistas terribles de eclesias religando ignaros; que de un primigenio guion, hecho libro sacro, renuevan series de capítulos; sacerdotes escribiendo siempre, monótonos cómo el infierno, sucesiones n + 1 de historias increíbles convergentes a infinito. Historias hechas chiste que se condensan en esta copla, por popular y experimentada, sabia: “el que nasce pobre y feo, y se casa y no es querío, y se muere y se condena; menuda juerga ha corrío”. Particular concepción católica romana, imaginario acuño, golpe punzón seco, en los cerebros crecientes, aún niños, marcando circunvoluciones propias de nuestro occidental mundillo. Mundo muy nuestro, mas muy semejante a otros; variaciones de un mismo tema, salvando la distancia idiosincrásica.

-¡A elegir tormento! ¡Escoja, pecador!, con sonrisa irónica me pregunta el diablo.

-Mire usted, es muy amable; pero necesitaría una relación de las diversas torturas eternas para elegir con fundamento.

-Lo mejor será demos un paseo para que veas el surtido y escojas.

Me hizo el recorrido. No les voy a aburrir con las variedades de torturas que fui encontrando, lo dejo a su imaginación -recurso literario esto del aburrimiento; puedo decirles, como supondrán, que de aburridas, la visión de estas torturas, nada-. Todas terribles y otras no tanto. Las no tanto, insufribles cuando recuerdas que son para una eternidad. Espantado; me veía eterno sufriente por vejaciones corporales y mentales indescriptibles. Demudada mi alma, acompañada de mi cuerpo entero -a este inframundo, como al superficial, a sufrir vas entero-, pregunté al satán, balbuceé:

-No sé… no sé… no me decido.

¿Se apiadó de mí?

-Bien. Solo me queda un ámbito de tormento por enseñar, ¿lo quieres ver?

-Sí, por favor -dije esperanzado.

Dándome la espalda, se puso delante de mí; rojo fulgente hermoso, bello y bella. Contemplaba su alterna figura de hembra hombre, sinuosa y firme; trasera de demonio que avanzaba a golpe del cayado bidente que portaba en su puño, contra el suelo retumbando. De repente quedó a la vista algo que hasta entonces se me había ocultado; el can Cerbero al darse la vuelta enseñó su trasero; asombrado me di cuenta que su ano era una cuarta cabeza: el Capital, que iba escupiendo dinero sucio; aún tenía otras dos más, a ambos lados surtidas, la Religio y los Media. Resulta que el can Cerbero no tenía tres cabezas, como a los vivos les dicen, sino seis. Anduvimos, alejándonos del ruido infernal, gritos desgarradores ¿quizás ya letanías? de insufribles torturas. Todo aquél infierno quedaba cada vez más lejano; la calma, ahora, parecía celestial. La paz era total; el paisaje, transformado, era verde bilis; y conforme se hizo el silencio, el aire comenzó a atufar. Olorcillo, olor a… decididamente olía a mierda. Remontamos una laderilla de matojos ralos y llegados al límite de su cuerda infinita ¡repente! apareció la singular tortura en aquél nuevo “ámbito” anunciado -eufemística manera de llamarlo el diablo ¿ironía o pedantería de satán?-. Una piscina inmensa, eterna en extensión, no terminaba nunca, infinita al horizonte, se extendía a nuestra vista. El único borde o límite que yo percibía era la cresta sobre la que estaba, del pie de la cuerda hacia el frente de la ladera opuesta que habíamos subido, la vista se perdía a ambos nuestros lados. Aunque camináramos a un lado u otro eternamente, siempre estaríamos en el centro de este borde que, probablemente, dividiría el infierno entre la zona de las anteriores torturas presentadas y esta nueva que se mostraba. La piscina estaba llena de cabezas; y digo cabezas porque era lo único que se percibía de los supuestos cuerpos que por debajo estarían. ¿Debajo de qué?  Allí estaba la causa de la pestilencia: la piscina, el estanque, el mar ¡era de mierda!

Las cabezas pocos movimientos hacían, excepto los de giro en plano horizontal y los mínimos giros lógicos en planos verticales por lo obvio de la situación para los qué, en la mierda, hasta el cuello estaban metidos. El hedor era insoportable para mí, recién llegado. Posiblemente los que acababan de meterse, en este averno mar, eran los que tenían un brazo sacado fuera de la superficie; con esfuerzo y con la mano se tapaban la nariz; eran los más próximos al borde frontal, el resto solo cabeza fuera y caliginosa, cabezas y más cabezas contra un cielo en constante crepúsculo pardo, único infinito conforme se dilataba la vista en lontananza y recorría hedionda superficie.

-Esto es lo que hay. Aquí, desde el siglo XVII, aproximadamente, relativo a vuestro tiempo, es donde quiere estar la humanidad a la que perteneces. Yo intento elijan otra forma de vivir en este infierno; los traigo aquí, como final del paseo electivo, y aquí prefieren quedarse. ¿Qué me dices tú?

No había duda. Los primeros siglos estaría con el brazo sacado, tapándome la nariz; al final me acostumbraría al olor y ¡a charlar con las cabezas de al lado! Esto no era tan terrible cómo lo que había visto.

-Señor satán, aquí me quedo.

Y sin más decirle -no le dio tiempo ni a que me pinchara en las nalgas para forzarme a entrar- atisbé hueco y caí vertical, sin casi salpicar. Metí un brazo, dejé el otro fuera y me tapé la nariz. Así una eternidad.

Ahora, de cerca, me fijé que las cabezas estaban sucias, guedejas de mierda ¿porqué? Excepto el olor, de momento insoportable, todo era tranquilo y empecé a charlar con los mi entorno.

-Compañero, le dije, es lógico que toda la humanidad, a nosotros semejantes, aquí nos quedemos después de lo que he visto. ¿Qué tormento es éste? no parece tan terrible.

-El del capitalismo lo llama el gran Satán. Siempre con la mierda al cuello, muy justita, muy justita y, periódicamente… -no le dio tiempo a terminar-.

¡Repente! se levantó un grito unísono, proveniente de todas las cabezas que, como ola avenida -avanzando desde infinito horizonte- chillaban ¡Qué viene la cuchilla!… y vi también cómo tsunami inverso ondeante las cabezas se sumergían en la mierda para no ser decapitadas y volvían a salir, una vez la cuchilla, de ancho infinito, rasante pasaba.

-¡Ay, dios! ¡qué me coge! ¡adentro!. 

Cerré ojos, apreté boca, presioné mi índice y pulgar contra aletas de nariz; envuelto espeso, sin respirar. Noté un vibro leve, filante; ya no podía más; silbó la cuchilla y al fin salí con la cabeza enmerdada de aquellas guedejas que ya vi.

-El capitalismo aprieta, pero no ahoga. 

Me dijeron las cabezas que emergían a mi alrededor, embetunadas de singular chapapote, mezcla universal de deyecciones.

Mierda; por bajo, hasta el cuello; vertical, oscilante hasta los labios. Y, periódicamente, obligado a sumergirte en la ponzoña si no quieres el dolor del decapito, tortura ancestral; pero al menos, con este corte, la cabeza la subían, la mierda no tocaba, y te la volvían a poner -eso sí, con dolores insufribles-; está segunda opción tenía la ventaja de dejarte la cabeza limpia y la mente clara. Nadie quería esta segunda opción.

El infierno, por lo que colegía, era continuo y monótono. Idéntico a mi vida en sociedad: Sumergido eternamente en, del capitalismo, la mierda.

Así sufría, hasta un día, indistinguible como todos ¡súbito! un fuerte olor oxígeno sobre el fétido uniforme olor y una estridente, tronante luz crepuscular sobre la parda difusa agrietó la bóveda infernal. Llovía luz y agua cósmica; las cabezas se lavaron; la mierda, arrastrada por agua, se sumía en catarata por agujero negro en horizonte.

Al mismo tiempo que este apocalipsis, desperté; olía a ozono. Me asomé a la ventana. Un río de tormenta corría calle abajo, arramblando, por asfalto, toda la mierda a su paso. Metáfora gastada esta del chiste; pero les aseguro que fue esto lo que me sucedió ¿Hay esperanza?.

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Acerca de jachamorro

Arquitecto por la ETSAM. Doctor en Bellas Artes por la UCM. Profesor Titular de Universidad en la Facultad de Bellas Artes de Madrid en la UCM.
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