TENGO RAZÓN. Las soluciones a tomar ante las crisis económicas.

Mi razonamiento tiene una lógica implacable y, como se funda en hechos comprobados ciertos, quiere decir que tengo razón en lo que seguidamente expongo.

Estos son los hechos:

Históricamente desde que la economía moderna cabalga -confirmado por economistas e historiadores; premios Nobel entre ellos- en todas las crisis económicas que han sucedido, siempre ha habido por lo menos dos -y hasta un tercero más- caminos de salida. Siempre, sin excepción.

 Esos caminos, que llevan a soluciones que nos sacan o desatascan de estas malhadadas situaciones, no están expeditos de penalidades; tienen y dejan víctimas: muertos, heridos, supervivientes sin heridas visibles; e incluso ganadores y hasta carroñeros bien cebados con los cuerpos de los muertos y la sangre que, parásitos, chupan de las abiertas heridas.

Las diferentes soluciones, en principio, deberían escogerse con razones de buena lógica para el bien social. Se supone que una vez sopesadas y analizadas se debiera tomar la mejor para el bien común por aquellos que, representantes del poder, del buen gobierno -poder del pueblo elector- tienen el deber ineludible de aplicarla.

Los análisis históricos de los datos, ante las crisis económicas, dan como ciertas la existencia de esas, por lo menos, dos o tres soluciones a la hora de abordarlas. Esas posibilidades siempre las ha habido, sin excepción.

¿Que las diferencia a unas de otras? La distinción fuerte, en lo que aquí nos interesa, estriba en esas penalidades del camino y su contenido consecuente.

La primera solución, como salida a la crisis, deja incólumes a los que detentan el poder -de hecho y de derecho- económico; los muertos y heridos son la gran mayoría de la población; en esta solución ganan los fuertes y los depredadores. La otra, la segunda, toma caminos de lógica social; los muertos y heridos graves son pocos y coyunturales, los heridos los hay -casi todos- pero leves, la cura llega para todos; es solución racional y posible para que la mayoría pueda salir y continuar una vida económica justa.

La tercera está cerca de -hasta puede- ser revolucionaria. Esta tercera solución arregla muchas cosas; desbarata estructuras obsoletas y agónicas; es más justa porque, con intención social, genera una nueva estructura económica. Es solución de largo alcance en el tiempo; actúa, con medidas justas para todos, extirpando quistes históricamente crecidos; quistes que nunca se habían atrevido a eliminar los cirujanos responsables, y miedosos, por ser quirúrgicamente radicales. Es solución total para largo plazo. Es solución de responsables sin prejuicios, sin miedos y libres -por voluntad política y social- de coacciones.

Ante lo expuesto ¿qué dicen esos sabios -economistas e historiadores- que ha sucedido en las sucesivas crisis con la solución a escoger y la finalmente tomada? La respuesta de todos es unánime: siempre se ha optado por la primera solución ¡siempre!

Se ha preferido el camino donde los que detentan el poder económico salen incólumes; y algunos carroñeros con una panza tan pesada que les cuesta levantar el vuelo para apartarse, cuanto antes, de la vista de los depredadores insaciables. Caiga quien caiga, menos ellos. Los demás, la mayoría, quedan esparcidos, en esa triste senda, entre muertos y heridos qué intentan restañar heridas; las suyas y las de sus hijos.

Los economistas, historiadores, destacan esto: siempre así ha sucedido. Sea cual sea su color ideológico, a la hora de exponerlo, en ello coinciden; nunca hubo excepción. Siempre ha habido, lógicamente soluciones, y siempre se ha escogido socialmente la peor: la primera. Y es primera no por casualidad; es primera porque es la inmediata que se le ocurre, por inercia, a los responsables de una sociedad sometida, mal habituada, en esta democracia realmente existente. Y es primera porque es solución que siempre se ha escogido sin titubear; incluso sin pensar en segunda y mucho menos en la tercera solución.

Entonces, sin ser especialista económico, casi lego, puedo  afirmar -con la rotundidad de la lógica aplastante del razonamiento inductivo- que todos nuestros gobernantes, todos, nos quieren convencer que la única solución es esa funesta primera; qué no hay más; no hay otro arreglo ¡y eso es mentira!

Todos nuestros gobernantes ¡todos! en esta crisis económica qué inaugura el siglo XXI, así han actuado. Son culpables de ceguera, o de miedo prisionero o de mala intención. Es lógica aplastante. Tengo razón.

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Acerca de jachamorro

Arquitecto por la ETSAM. Doctor en Bellas Artes por la UCM. Profesor Titular de Universidad en la Facultad de Bellas Artes de Madrid en la UCM.
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