SOBRE PREJUICIOS, RACISMOS, INTEGRACIÓN Y CONVIVENCIAS.

Sobre prejuicios, racismos, integración y convivencias. Una historia real entre un niño gitano, dos arquitectos payos y un patriarca.

Un prejuicio es un juicio previo, un juicio sin argumentos razonados, sin pruebas contrastadas, solo hecho de intuiciones. Y esto en el mejor de los casos, ya que el prejuicio, en la mayoría de las situaciones, es un juicio condenatorio a bote pronto; una condena prejuiciosa airada o malintencionada.

Voy a contar una historia. Historia que tiene todos los ingredientes para interpretarla con prejuicio; no condena, porque las circunstancias lo enmendaron para que así no fuera. Es una historia que tiene moraleja: no prejuzgues, no condenes; no tengas prejuicios por culpa de las ideas recibidas o, según el imaginario colectivo, sobre lo que se puede deducir o esperar de otros semejantes; sobre todo si, estos semejantes, están enclasados en distintos grupos sociales, y razas, al tuyo.

Los protagonistas: un niño gitano de unos doce años de edad; dos arquitectos payos, de unos treinta y tantos; y un patriarca gitano.

Once de la mañana. Un erial, inmenso al valle Amblés, en los límites entre la ciudad y el campo. Sol de Agosto. Los dos arquitectos, pertrechados de una piqueta, cortafrío y cinta métrica, se disponen a ir abriendo los pozos de saneamiento, de la red límite del suburbio, para medir su profundidad, como datos previos al proyecto de edificación que van a realizar. A lo lejos, desde el lado de las últimas casas de la ciudad, se perfila una figura que se va acercando; llega. Un niño, gitano, curioso. El grupo de casas, borde con el campo a urbanizar, está habitado por gitanos.

Tres figuras, bajo el sol de estío, entre el dorado de rastrojos manchados por el círculo perfecto de la tapa orín, hierro fundido, de la alcantarilla. El niño, con las manos en los bolsillos, observa cómo se levanta la tapa con la piqueta, se descuelga la cinta métrica hasta el fondo del pozo, se anota la medida, y se vuelve a tapar. Caminan, los tres, hasta el siguiente; y vuelta la misma operación. El gitanillo, una vez observada la rutina, ante el sol, ya vertical sin sombra y el último pozo a inspeccionar, se aleja, de vuelta, hacia las casas lejanas. Los payos, atareados, cerrando este último pozo, no se percatan de su marcha.

Los arquitectos terminan; recogen la cinta, el cortafrío, la libreta ¿y la piqueta, dónde está?.

Vuelven la mirada hacia el gitanillo, ya va lejos; no se distingue si lleva o no la piqueta, pero una cosa es evidente, la herramienta no está; el niño se marchó, sin decir nada, mientras los arquitectos estaban absorbidos con sus medidas.

– La piqueta, ¡se la ha llevado!.

En este tiempo, el gitanillo, alcanza las casas y se mete en un bar que, de lejos se aprecia, es el último local del bloque extremo.

– Quédate tu aquí. Voy a recuperarla.

Uno de los arquitectos, bajo la solanera, se va hacia donde se marchó el gitanillo; el otro, paciente, se sienta a esperar sobre la tapa del pozo libre de rastrojos.

No ha mucho de haber alcanzado el bar el que marchó, el que esperaba le vió, desde su asiento, salir de vuelta. Conforme se acercaba no parecía volver con bulto alguno en las manos. Llegó hasta él, de vacío.

– ¿Qué ha pasado? No traes la piqueta.

– He entrado en el bar. Había un grupo de gitanos charlando. El chico estaba allí. Le he preguntado qué si había cogido la piqueta y me ha dicho qué no; qué él no había cogido nada. Se me ha acercado uno de los gitanos; por su aspecto parecía el patriarca. Me pregunta ¡qué pasa! y se lo he contado. El chico ha reafirmado su inocencia ¡yo no he hecho nada, papa!

El patriarca me contesta ¡Por mis muertos qué este muchacho no es capaz de hacer eso!

Me he venido. Díme tu, dónde puede estar la piqueta; ha tenido tiempo de esconderla. Estábamos los tres en un erial, nadie más, aislados. No hay duda de lo que ha pasado. Es evidente.

– Sí, parece claro. Mientras te esperaba, lo único qué se me ha ocurrido es qué la piqueta, distraídamente, se nos haya caído al pozo y lo hayamos tapado sin percatarnos de ello. No lo he reabierto, cuando no estabas, porque con la calorina, y con solo el cortafríos, me he esperado a tu vuelta para reabrirlo.

– La piqueta hace ruido al caer al fondo, nos habríamos dado cuenta. Pero, de acuerdo, antes de irnos, quememos el último cartucho de mirar en el fondo del pozo.

Con el cortafrío, penosamente al no tener la ayuda palanca de la piqueta, chirriante al arrastre, retiran la tapa, ardiente por el sol, aplastando las pajas del secarral. Tan perpendicular está Sol, que el fondo de la atarjea se hace un círculo de luz perfecto.

Allí refulge, ante los payos, la madera mate del mango, el acero obscuro cruzado que sostiene. ¡La piqueta!

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Acerca de jachamorro

Arquitecto por la ETSAM. Doctor en Bellas Artes por la UCM. Profesor Titular de Universidad en la Facultad de Bellas Artes de Madrid en la UCM.
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